domingo, 14 de febrero de 2016

DERMATOMIOSITIS

Mis pies ya se movía con rapidez cuando llegué al vestíbulo del ascensor. Era hora punta, y una gran multitud se había reunido allí; todos se sacudían el frío de la calle y se preparaban para otro día en el Hospital. Aunque yo no acabase de llegar de la calle, sólo observando el grupo allí reunido de empleados y familiares de pacientes me habría dado cuenta que, al fin, estaba llegando el invierno. Había abrigos pesados, brazos firmemente cruzados para retener el calor y bufandas de lana arrastradas hacia arriba para cubrir las orejas. Un par de valientes que habían llegado con chaquetas ligeras estaban temblando aún; Y algún sanitario que, subestimando las temperaturas exteriores frías y húmedas, habían decidido ir desde el coche hasta el hospital con una simple bata blanca y nada más para no tener que cambiarse.

Me encanta la gente, por eso hay algo en ese popurrí del ascensor que me hace feliz. Escucho las conversaciones rutinarias y, muchos días, participo de ellas. Bromas sobre el frío tardío de este año, salpicadas de quejas y predicciones catastróficas acerca del famoso cambio climático.

Todo normal.

Una mujer de mediana edad que sostenía una bandeja con cafés del bar del hospital, dejó escapar un gran bostezo y se estremeció, mientras intentaba con dificultad que no cayesen al suelo. Parecían escalofríos de fiebre más que de frío, pensé que había pasado la noche cuidando de alguien, por eso los párpados hinchados, casi morados… y las manos… ¿eran sabañones? No lo parecían. 

Intentó acomodar la pequeña bandeja en uno de sus antebrazos para retirarse el pelo de la cara con la otra. Su cara de esfuerzo llamó mi atención.

Ahora comprendo que todo esto sucedido en poco más de veinte segundos, mientras atravesaba rápidamente el vestíbulo del ascensor. Nunca tuve la intención de subir a ese ascensor; hacía tiempo que había decidido subir siempre por las escaleras.

El sonido de mis tacones, como un metrónomo encima de un piano marcó mi camino. Entré en el pasillo hacia las escaleras, cogí mi ritmo. No demasiado rápido. Ni demasiado lento. Respirar. Esto es bueno para el corazón (pensé). Arriba.

Al llegar me sorprendió encontrar a la misma mujer de los cafés esperando en la puerta de la consulta. Tenía cita conmigo.

Así que, cuando una vez dentro, me contó su larga historia de sabañones en las manos, que le salían hasta en verano y que últimamente ya no se le iban nunca, que le picaba todo el cuerpo y le salían eczemas en los párpados y en la cara, además de notarse ultimamente la nariz como hinchada y falta de fuerzas….

Algo dentro de mi me hizo pensar que esto no cuadraba con simples sabañones por el frío. La hice desnudarse y pude ver una zona de piel ulcerada en su mama derecha, según ella un quiste infectado que no terminaba de curar a pesar de los antibióticos. Palpé unos ganglios en esa misma axila…

Empecé a explorarla, a pedir analíticas, pruebas… tenía sensación de enfermedad grave. A mi cabeza llegaron muchos diagnósticos posibles, uno iba abriéndose camino poco a poco; Dermatomiositis… Cáncer de mama…

…..
La Dermatomiositis es una enfermedad que combina inflamación muscular (miopatía) con lesiones en la piel muy típicas. Puede presentarse sólo con manifestaciones cutáneas, sólo musculares o con ambas. La afectación muscular produce debilidad en muñecas, músculos flexores de los dedos y cuadriceps. Los pacientes se quejan, por ejemplo, de no poder levantar los brazos para peinarse, además de cansancio.

Se cree que es una enfermedad autoinmune, con autoanticuerpos específicos dirigidos frente a fibras musculares entre otros. Puede asociarse a otras como lupus, esclerodermia, síndrome de Sjögren, vasculitis, etc. Y algunos casos pueden estar asociadas a tumores internos, lo que conocemos como “paraneoplásia” y es más frecuente en mujeres. También puede aparecer en niños.

Puede llegar a ser grave y muy agresiva, por lo que el diagnóstico y tratamiento precoz es importante.

Se han usado criterios para el diagnósticos que incluyen: 1- Falta de fuerza muscular a nivel de musculatura proximal de forma simétrica. 2- Elevación de enzimas musculares. 3- Alteraciones en el electromiograma. 4- Alteraciones en la biopsia muscular. 5- Lesiones en la piel típicas.

Cuando las lesiones de la piel son características no siempre es necesario hacer todas las pruebas musculares para el diagnóstico, sobre todo si presentan debilidad muscular proximal y enzimas elevadas en los análisis.

Algunas formas pueden estar desencadenadas por medicamentos (penicilamina, etc), infecciones, tumores internos, traumatismos, estrés, etc.

La presencia en sangre de anticuerpo anti Jo-1 es para algunos autores la prueba de su asociación a infecciones virales. Aunque no son necesarias positividades de autoanticuerpos para su diagnóstico.

En la dermatomiositis es típica la afectación de pequeños vasos o capilares por depósito del complemento, esto se ve en las yemas de los dedos y entorno a la matriz de las uñas como dilataciones de estos vasos (teleangiectásias) y dolor, ya que se obstruyen y provocan isquemia. Se acompaña además de aumento de las cutículas.

Son patognomónicas, las pápulas de Gottron sobre prominencias óseas sobre todo en los dedos de las manos, que pueden confundirse con sabañones.


Y es patognomónico también el enrojecimiento o eritema con descamación de los párpados, de color violáceo o en Heliotropo.


Erupciones en áreas expuestas al sol que conocemos como Poiquilodérmicas y que empeoran con el sol.

Cuando afecta a la piel del cuero cabelludo, puede producir alopecia no cicatricial. En este caso hay que saber diferenciarla de una dermatitis seborréica o una psoriasis.

Algunas de estas lesiones de la piel, pueden parecerse a las de otras enfermedades como lupus, psoriasis, liquen plano, esclerodermia, etc. y hay que descartarlas. Es importante saber que el estudio histológico de una muestra de la piel no permite diferenciar un lupus de una dermatomiositis.

Con menos frecuencia, la dermatomiositis puede presentar eritrodermias (afectación de toda la superficie de la piel), vesículas, ulceraciones, etc.

Las lesiones en la piel suelen preceder a la aparición de miositis. Se afecta la musculatura proximal de hombros y caderas de forma simétrica, y con el tiempo puede ser generalizada. Los pacientes se quejan de cansancio, problemas para peinarse o para subir escaleras, e incluso para levantarse de la silla. Cuando tienen dificultad para tragar o incluso respirar, indica afectación de la musculatura estriada de faringe y esófago, es una forma agresiva y rápida de la enfermedad.

En sangre se elevan encimas musculares como: CPK, aldolasa, LDH, transaminasas, etc. Otras pruebas útiles son: electromiograma, biopsia muscular, Resonancia magnética…

Es una enfermedad sistémica con posible afectación articular, pulmonar, esofágica, cardíaca… La presencia de anticuerpos anti Jo-1 indica también mayor riesgo de afectación pulmonar.


En cuanto a su asociación con tumores, los estudios sugieren que entre un 18 a un 32% de pacientes con dermatomiositis tienen o desarrollarán algún tipo de cáncer. Algunos autores creen que este aumento en la frecuencia es debido a lo que conocemos como “sesgo”, es decir, buscamos con más interés tumores en estos pacientes que en la población general, por lo que hacemos que aumente la frecuencia al encontrar más. Aún así se sigue viendo un riesgo de 3 a 6 veces mayor. Los síntomas musculares (miositis) pueden seguir el curso del tumor y mejorar al tratarlo (síntomas paraneoplásicos) o pueden ser independientes. Los tumores que con mayor frecuencia se han relacionado son los ginecológicos, sobre todo el de ovario, pulmón, páncreas, colon, linfoma, mama, etc. Por lo que se aconsejan screening periódicos en estos pacientes. Recientemente se han descrito autoanticuerpos que se asocian con más frecuencia a los pacientes que presentan tumores, estos son: anti-p155 y anti-p155/p140.

sábado, 23 de enero de 2016

TOMATES

Las mismas palabras que empleadas en otro momento resultan groseras, pueden ser caricias si las murmuramos al oído… y es que, el mejor afrodisíaco son las palabras.

También en la comida. Comentar los platos, sus sabores y perfumes es un acto sensual para el que disponemos de un amplio vocabulario.

Hasta los sonidos de la cocina son excitantes… El chispear del aceite esperando el tomate; el ritmo del cuchillo picando verduras; el borboteo del caldo hirviendo; las nueces al partirlas; la canción repetitiva y adormecedora del mortero; las notas líquidas del vino… y al final, el murmullo de la conversación y los suspiros de satisfacción.

Llego a pensar entonces que el punto G está en las orejas.

Hablando de comida… ¿Qué ha pasado con las sencillas ensaladas de antes? ¿Dónde están los tomates de color rojo exuberante?

Lo hemos derrotado a base de combinaciones basura o puede que estén escondidos en la nouvelle cuisine; entre trozos de mango, fideos, y daditos de quesos olorosos… o bajo salsas contundentes.

Las ensaladas de antes eran una composición formada por hojas frescas de lechuga y un limpio aliño de aceite y vinagre sobre el que se dejaban ver enormes trozos de tomate. El acompañamiento perfecto para cualquier plato.

Los tomates tienen más licopeno (un antioxidante) que la gran mayoría de los alimentos, esto los hace útiles para prevenir los daños causados por el sol en la piel. Hay estudios que demuestran que tomar 20 gramos de un concentrado de tomate reduce el riesgo de quemaduras solares hasta en un 33%.

Así que añadir tomates al menú diario, como ya hacemos con la dieta mediterránea, nos ayuda a contrarrestar los efectos del sol, es decir… previene la formación de arrugas, manchas, reduce la inflamación y disminuye el riesgo de cáncer de piel.

Aunque es importante saber que los licopenos se absorben mejor cuando el tomate está cocinado. Los licopenos que hay en los concentrados de tomate (salsas y pasta) tienen mayor biodisponibilidad, cuatro veces más, que cuando el tomate es crudo.


Y como los licopenos además son liposolubles, es decir, se absorben mejor junto con alguna grasa; los tomates hay que tomarlos cocinados y con un buen chorrito de aceite de oliva, para así conseguir la mayor cantidad de licopenos posible. También puedes disfrutar de ellos con un poco de aguacate.

Los tomates fritos y mejor rojos...


sábado, 9 de enero de 2016

COMER PARA PROTEGER TU PIEL: ANTIOXIDANTES

La mesa de la cocina es el lugar donde más me gusta estar. Me da igual de quién sea, ni cómo sea… disfruto en cualquier sitio donde se prepare comida. Me gustan las cocinas grandes y muy usadas, con ventanas amplias y azulejos brillantes. Me gusta ver los trozos de verduras esparcidos por la encimera y las ollas plateadas hirviendo como chimeneas…

Cuando estoy agotada o desconcentrada, suelo irme hacia la nevera y apoyarme en su puerta fría… imaginando qué puedo preparar con lo que contiene. El ronroneo que emite me relaja.

Sólo estamos la cocina y yo.

Allí me invade la rara habilidad de ver el mundo como algo nuevo. Experimento la vida directamente, sin filtro alguno. Sin haber pasado por el tamiz de los prejuicios, las expectativas o las creencias. La veo con otros ojos. En ocasiones hasta lo plasmo en forma de palabras o recetas para poder releerlas y saborearlas.

La vida está llena de cosas desconocidas, llena de maravillas y misterios.

En mi profesión he aprendido que limitarnos simplemente “informar” a la gente sobre salud, no es suficiente para motivarlos a llevar una vida saludable y prevenir enfermedades. Si así fuese, a estas alturas, nadie fumaría.

He aprendido que es más motivador dejarles compartir sus propias historias, sin el miedo a ser juzgados, criticados o abandonados.

Cuando trabajamos a este nivel, es más probable que la gente esté dispuesta a hacer cambios en su estilo de vida. A ser menos autodestructivos.

……..

Sabemos que regular los niveles de azúcar en sangre es importante a la hora de controlar brotes de acné, eczemas, y otros problemas de la piel, pero no es la única forma de ayudar a nuestro cuerpo a través de la alimentación.

Hay alimentos que aportan protección frente a procesos inflamatorios o incluso radiaciones UV y otros que provocan daños.

Los radicales libres son esas moléculas que hay en la contaminación, en toxinas o en el tabaco, etc… capaces de iniciar una cadena de reacciones que dañan el ADN de las células provocando entre otras cosas mutaciones. Los antioxidantes están ahí para neutralizarlos.

Los antioxidantes existen de forma natural en nuestro organismo, y están de moda (ya escribí sobre el tema aquí). Ahora todos los productos que compramos, sea en forma de cremas o alimentos, vienen con el letrero de: “ricos en antioxidantes”. Todos estos productos intentan vendernos el poder antienvejecimiento de estas moléculas milagro. Pero, cuidado, no todos los antioxidantes son tan buenos como dicen en los envases.

Como hemos visto, nuestro cuerpo ya produce sus propios antioxidantes (incluyendo vitaminas C y E). La epidermis (la capa más externa de la piel) tiene cinco veces más antioxidantes propios que la capa siguiente, la dermis. Aunque cuando estamos sobreexpuestos a los radicales libres, pueden no ser suficientes.

Un primer paso es aplicar antioxidantes tópicos que pueden ir en cremas hidratantes o en protectores solares. Aunque puede que no penetren lo suficiente en la piel y no lleguen a la dermis, que es dónde está el colágeno, y no evitan que se rompa, por lo que la piel pierde elasticidad, consistencia…

Es importante proteger la piel desde dentro también.

Un antioxidante es cualquier producto químico capaz de neutralizar a un radical libre, transformándolo… de una molécula inestable, capaz de dañar las células a otra estable e inocua. Si sólo comes alimentos con mínimas cantidades de antioxidantes (como lácteos, carne o alimentos procesados) tu cuerpo no podrá neutralizarlos a todos.

Los principales antioxidantes son:

Licopenos: en frutas y vegetales, como tomates, sandía, uvas… es el más potente antioxidante, es efectivo bloqueando el daño de las radiaciones UV sobre la piel, por lo que se considera un arma en la prevención del foto-envejecimiento y del cáncer de piel.

Beta-carotenos: en los vegetales que son de color naranja y verduras de hoja verde… zanahorias, boniatos, , espinacas, etc.

Flavonoides: están más concentrados en las cebollas, bayas, te (verde, negro o blanco) y en el chocolate negro.

Vitamina C: en naranjas, papaya, kiwi, fresas, coles de Bruselas, brocoli…

Vitamina E: en las nueces, huevos, vegetales de hoja verde, aguacates y cereales integrales.

.....
Os dejo un video interesante sobre nuevos hábitos alimenticios


martes, 5 de enero de 2016

LA RELACIÓN ENTRE LO QUE COMES Y TU PIEL. UNA HISTORÍA LLENA DE MITOS Y CONFUSIÓN

Seguro que habéis escuchado muchas veces que la comida grasa provoca granos, y lo más probable es que vuestra madre no os dejara comer chocolate ni frutos secos en cuanto veía el más mínima espinilla en la frente.

Durante muchos años ha existido la teoría de que comer grasas o fritos provocaba más grasa en la piel y este aumento de grasa, hacía que brotara el acné. Hasta los dermatólogos lo pensaban en los años 50 y 60.

Hoy en día, lo único que podemos decir es: “no existe evidencia” que confirme la relación entre lo que comemos y por ejemplo, tener acne. Esto no quiere decir que no exista relación entre dieta y dermatología.

El “problema” está en el concepto “evidencia científica”.

En los últimos 20 años en todo lo relacionado con la medicina se ha empezado a demandar que la eficacia de lo que hacemos o de los tratamientos que usamos sea probada mediante estudios clínicos que cumplan una serie de requisitos. Estos estudios deben estar hechos a gran escala (con cientos, a veces miles de individuos), y deben ser randomizados y controlados. Esto consiste en asignar aleatoriamente (al azar) a los participantes en ese estudio en dos o más grupos; grupo tratamiento y grupo control.

Como podéis imaginar, es tremendamente difícil hacer un estudio de estas características sobre nuestros hábitos alimenticios. Para que estos estudios sean válidos habría que “encerrar” a los participantes durante semanas y así poder controlarlos y evitar que le den un simple bocado a algo que no esté incluido en el estudio, ya que invalidaría sus resultados. Es decir, existen numerosos “factores de confusión” o variables que influyen en los estudios sobre la relación entre dieta y piel.

De hecho, hasta hace poco sólo había dos estudios serios sobre dieta y acné. En uno de 1969, intentaban comprobar si el chocolate provoca granos. Hicieron dos grupos de adolescentes, a uno le daban barritas de chocolate y al otro barritas que imitaban el chocolate (reemplazaban la grasa del cacao por otra grasa vegetal parcialmente hidrogenada). Y vieron que no había diferencias entre ellos a la hora de tener acné, así que llegaron a la conclusión que la dieta no influía en los brotes de acné. Y eso es lo que hemos creído todos hasta hace relativamente poco.

Lo que no vieron es que las dos clases de barritas tenían la misma cantidad de azúcar.

La dieta SÍ afecta a tu piel, aunque no de la forma en que tradicionalmente se ha pensado.

Así que nuestras madres y los dermatólogos de los años 50 y 60 estaban en los cierto, aunque no es la grasa de los fritos o el cacao lo que provocan los brotes de acné.

Cuando lo que comes hace que te salgan granos, eczemas o incluso arrugas, el culpable es el azúcar.

Casi todo lo que comemos, una vez dentro de nuestro cuerpo, se transforma en azúcar (glucosa) y los picos de glucosa en sangre hacen que el páncreas produzca insulina para controlarlos. Pero la glucosa no aumenta sólo cuando comemos azúcar, hay muchos otros alimentos que no son dulces (incluso salados) que se transforman en glucosa, por ejemplo los que contienen almidón.

El “índice glucémico” es una forma de medir la rapidez con la que un alimento se transforma en glucosa dentro de nuestro cuerpo. Los alimentos con índice alto son los ricos en azúcar, almidón o carbohidratos simples (dulces, pan blanco, etc). Los de índice bajo son los hidratos de carbono complejos, proteinas y las grasas (El pan integral, la carne magra, las nueces…)

Además de ser causa de diabetes por resistencia a la insulina, entre muchas otras cosas, los picos de glucosa aumentan la producción de grasa en los poros de la piel, provocan episodios de enrojecimiento en la cara, reaccionan con el colágeno y la elastina provocando arrugas por pérdida de firmeza y de elasticidad… o alimentan a los hongos que habitan en nuestra piel haciendo que empeore un eczema seborreico.

Incluso los azúcares que consideramos “naturales” como los de algunas frutas y verduras, pueden provocar aumentos de los niveles de glucosa en sangre, por ejemplo las uvas. Y un consejo: alejaros de las cajas de cereales para el desayuno.

Esto se va complicando. ¿A que sí?

El concepto de “Carga Glicémica” puede ayudarnos.

La carga glicémica de cada alimento es lo que compara la velocidad con la que se degrada a glucosa (índice glucémico), con la cantidad de azúcar que contiene y por tanto, su posible efecto en la piel.


Por ejemplo, comparamos una pieza de bollería con una rodaja de sandía. Ambos contienen carbohidratos que se degradan y aumentan los niveles de glucosa en sangre y ambos tienen un índice glicémico de 72). Pero una pieza de bollería tiene más cantidad de carbohidratos que una rodaja de sandía, por eso la carga glicémica de la primera es 25 y la de la rodaja de sandía es sólo 4. Así que, una eleva más la insulina que la otra y afecta más a tu piel.

Otro ejemplo: las zanahorias tienen un índice glicémico alto, 40 (casi como una barrita de esas que tomamos entre horas). Eso quiere decir que los carbohidratos que contiene la zanahoria se transforman en glucosa muy rápido, pero la carga glicémica de la zanahoria es baja, ya que contienen poca cantidad de carbohidratos.

No hay que dejar de comer estas frutas (uvas, manzanas, platanos, etc.), sino evitar comerlas en exceso y hacerlo junto con alimentos que contengan proteínas y grasas, ya que hace que liberen la glucosa más lentamente.


Todo esto parece complicar la forma en que deberíamos alimentarnos, pero son conceptos que podemos ir aprendiendo poco a poco.

viernes, 1 de enero de 2016

CAMPANADAS DE BELLEZA 2015

Me sorprenden las mujeres que llevan los labios tan rellenos que apenas pueden cerrar la boca para beber de una copa de cava. O las que nunca sonríen para evitar las arrugas en las mejillas.

Los antropólogos han constatado que, en civilizaciones anteriores, la búsqueda de un ideal de belleza servía para cohesionar el grupo y darle identidad. Alcanzar este ideal, les ayudaba a construir una parte del entramado cultural al que pertenecían, y les permitía afirmarse como miembros del grupo, expresando su identidad sexual, edad, estatus… incluso su papel en la sociedad.

Desde siempre hemos asociado la juventud al amplio concepto de lo que consideramos bello.

Percibimos a las personas jóvenes como poseedoras de una gran cantidad de atributos socialmente deseables, algunas de estas cualidades son las mismas que atribuimos a la gente atractiva.

Durante el último siglo, la actitud de las mujeres hacia la belleza y el envejecimiento ha sufrido cambios radicales. El aumento de la esperanza de vida ha hecho que las mujeres puedan mantener su sexualidad mucho más allá de los años reproductivos, y el feminismo ha cambiado significativamente el papel de las mujeres en el trabajo y en todos los ámbitos de la sociedad.

Pero el concepto de belleza sigue siendo difícil de definir y de alcanzar. Aún más cuando su definición puede cambiar de un momento a otro en la misma persona según su estado de ánimo o el contexto en el que se encuentre.

¿Es igual de bella una mujer a la que observamos recién levantada, cansada y durante un estallido de rabia, que esa misma mujer bailando feliz, vestida con un traje de noche y sonriendo en brazos de la persona que ama? Probablemente no.

¿Qué es lo hermoso? ¿Es la mujer? ¿Es el vestido? ¿Es lo que la rodea? ¿Su actitud? ¿Las joyas o el maquillaje que luce? Es una combinación de todo lo anterior.

Desde la prehistoria hemos intentado modificar y mejorar lo que nos ponemos encima, incluso nuestros rostros para resultar bellos/as.

Una mujer de pómulos marcados con un contorno de la cara uniforme, terminado en una curva suave y estrecha tendría, según estos criterios, la arquitectura perfecta de la belleza facial.

Las manchas en la cara, unos labios demasiado delgados y unos ojos pequeños no son considerados como parte de ese concepto de belleza. Por eso, desde hace siglos, las mujeres cubrimos la piel con maquillaje para camuflar las irregularidades del color, añadimos una línea roja al borde del labio para aumentar opticamente su tamaño, otra línea negra al borde de los párpados y aumentamos el volumen de las pestañas con rimel.

El “problema” es que hoy en día, afortunadamente, vivimos más y llegamos a una edad en la que las arrugas, la flacidez, las mejillas caídas y el exceso de piel en los párpados impiden que consigamos lo mismo de antes sólo con toques de color.

Aquí es donde entramos en acción con la Dermatológía Estética… usamos toxinas y sustancias de relleno para reestructurar todos los componentes de lo que hemos definido como belleza. Engrosamos labios, rellenamos surcos, elevamos cejas…

Pero… a veces nos pasamos… ¿realmente unos labios demasiado engordados en una cara de cierta edad que nunca ha tenido esos labios se consideran bellos?

Yo creo que no.

Es un error cambiar los rasgos de una persona buscando unos estándares de belleza preestablecidos. Poniendo siempre la misma cantidad de relleno en los mismos sitios a todo el mundo, las mismas unidades de toxina en los mismos puntos… dejamos caras clónicas y congeladas…

Tenemos que usar esas herramientas para realzar la belleza propia de cada hombre o mujer con discreción. De forma natural y acorde a su edad.

Cada uno poseemos unas características únicas que perdemos con la edad y que podemos restablecer, no es necesario terminar convertidos en clones de alguna celebridad.

Un pequeño retoque es atractivo, pero “demasiado resulta grotesco”.

Los rellenos dérmicos son una piedra angular en la escultura facial. Pero… ¿por dónde empezar? Lo primero es la restauración del volumen del tercio medio facial. Reestablecer la forma de “V” normal en la cara.



Con la edad, la “V” se invierte por la reabsorción de tejido subcutáneo y del hueso. Volver a colocarlo todo en el lugar donde estaba antes, no sólo va a mejorar las mejillas, sino que influye también sobre unidades estéticas vecinas, como la zona alrededor de los ojos y alrededor de la boca, mejorando también el ovalo facial.

Otro de los símbolos de la belleza femenina son unos labios carnosos. Los labios gruesos son propios de la infancia y normalmente, se hacen más finos con la edad debido a la pérdida del tejido subcutáneo.

Una sonrisa es el único signo de belleza que perdura a través de la infancia, la adolescencia, la edad media y llega hasta la madurez. Irradiamos belleza cuando reímos, transmitimos felicidad… no hay que borrar esas arrugas, sólo hay que hacer que la piel sea más elástica para que recupere su forma al dejar de reír.

La belleza debería ser la expresión individual de una vida bien vivida, física y mentalmente. La niñez puede ser tierna, pero no tiene los rasgos aún definidos. La adolescencia puede ser atractiva, pero el rápido crecimiento que experimenta el cuerpo en esos años lo hace inestable…

Una mujer madura es bella… posee la belleza y el encanto que dan la educación, la experiencia, el carácter... hay que saber encontrar ese equilibrio.


Creo que los médicos que dedicamos parte de nuestro trabajo a la vertiente estética de la medicina debemos meditar sobre la percepción que tenemos de lo que es bello, sobre el concepto de belleza… para evitar distorsionarla grotescamente.